jueves, 29 de septiembre de 2011

a seguir


la luz de las noches (punto de vista de León)


de sombras y olvidos
  Inclinados hacia la mesa brindamos, y cenamos en silencio. La quietud sabía a despedida y no había palabra más acertada y triste para describir el instante. Comimos lentamente y sin saborear, sería una última cena antes de partir y nadie se atrevía a decir a dónde, ni hacia adentro ni hacia afuera. El miedo de darnos cuenta y rompernos en pedacitos pequeños e injuntables nos limitaba. No deseabamos darnos el lujo de despedirnos con dolor.   
        Alguien alegó que la comida estaba deliciosa o que el vino era muy bueno o que era una linda noche allí, bajo la parra y el cielo manchado de luces interminables, que en realidad quería decir que le dolía la bronca acumulada en el pecho y la garganta o que tenía mucho miedo o que no entendía que carajo estaba pasando. Poco a poco las lenguas usualmente filosas comenzaron a soltarse, a planear como aviones, incluso a reirse bajito, y en un segundo en el que cerré y abrí los ojos todos reían euforicamente, se sostenían el estómago y se secaban las lagrimas, se abrazaban y lloraban y volvian a reir. Decidimos vivir y amarnos hasta la mañana siguiente.

        El sonido del balanceo seco de la hamaca donde casi flotaba me revivió de un sueño luminoso, donde todo se movia con demasiada rapidez. Una mujer con un pañuelo me ofrecia su mano bondadosa y tierna, y cuando volvía a mirarla era un hombre gigante, de traje, galera y monóculo que me sostenía con fuerza.
-León, levantate. Ya están las valijas.
Qué valijas, me hubiera gustado decir, quién se va y a donde, de aquí no se mueve nadie compañeros, hubiese dicho, pero mi lengua aún no despertaba y no tenía sentido intentar cambiar una decisión tomada. Sentí un beso en la frente.

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